Se había desatado una fuerte tormenta. Quedé a la deriva. No sabía cómo había llegado tan rápido hasta esas aguas turbulentas. Éramos mi velero y yo, solos, tratando de domar esa tempestad despiadada.
“Esquela I” -así se llamaba el velero- pegó un salto al agarrar una ola de unos cuantos metros de altura. Junto con el fuerte golpe que dio contra el agua sentí un crujido, como cuando cae un árbol viejo. El agua comenzó a brotar por una grieta que se había formado en la base del casco. Fueron apenas unos segundos los que tuve para calzarme el salvavidas y tomar mi mochila con las cosas que ya tenía adentro.
Quedé flotando en el agua durante todo ese día y también toda la noche. La tormenta por suerte había pasado. A pesar del momento que estaba viviendo no me desesperé. Pasé horas mirando hacia el cielo. Cuando se disiparon todas las nubes, un ancho camino plagado de estrellas cubrió mi cabeza. Hasta pude pensar en esa situación, lo maravilloso que resultaba ese espectáculo natural.
Ni bien amaneció divisé una franja blanca en el horizonte. Comencé a nadar hacia ella, lentamente, con calma, sin dejar que me gane la desesperación. Me asombré de mi templanza en una situación extrema como esta.
Cuando llegué a la orilla, vi que parecía ser un lugar deshabitado. Empezó a subirme un sentimiento de angustia y desesperación. Todo lo que no me había pasado en el agua, me estaba pasando ahora con los pies sobre la tierra.
La pregunta cómo saldría de ahí, rondaba todo el tiempo en mi cabeza. No divisaba nada que se le pareciera a la civilización. Caminé por la playa, quería ver si algo podía hacer para que me encuentren. Pero con lo único que di fue con algunos restos del “Esquela I”.
Me detuve por unos instantes, estaba abrumado, triste. Revisé mi mochila y entre las pocas cosas que tenía rescaté: un encendedor, una botella vacía, papel y una lapicera.
Lo primero que hice fue juntar unas cuantas ramas y encender una fogata. De esa manera levantaría una columna de humo para que pueda ser divisada desde algún otro lado. Me pareció que era muy de película, pero muchas otras opciones en realidad no tenía.
La otra cosa que se me ocurrió, nada original por cierto, fue la de escribir un mensaje y ponerlo dentro de la botella. Lo hice, en español y en inglés. Esto se ve que lo retuve de los libros de aventuras que había leído en mi adolescencia. De todas maneras puse mis esperanzas en esto, ya que el humo no levantaba mucha altura, debido a un viento moderado que lo llevaba de manera perpendicular a la fina arena blanca.

Estaba anocheciendo. Luego de escribir la nota y colocarla en la botella, la arrojé al mar lo más lejos posible. Entonces me acomodé, como pude, bajo unas plantas de copa tupida y creo que ni bien cerré los ojos quedé dormido.
Desperté con las primeras luces de la madrugada. Caminé hacia la orilla para enjuagarme un poco, me costaba abrir los ojos. Luego de refregarme la cara con las manos, arriba y abajo unas cuantas veces, levanté la vista hacia el horizonte y no podía creer lo que se presentaba ante mí. Esta vez hundí mis dedos índices en mis párpados, ida y vuelta, levanté de nuevo la mirada y vi como miles de millones de botellas iguales a la mía flotaban sobre la superficie del mar.