Dos dimensiones

Ahora, que tenemos más de cuarenta, vivimos todos en distintas ciudades. Me encontré con alguno de ellos esporádicamente y de casualidad. De los cuatro soy el único que siguió viviendo acá, en esta ciudad húmeda y simétrica. También era el menos obsesivo, creo. Ellos se obnubilaban con ciertos intereses, y así querían envolver al grupo con ellos en cada encuentro. A veces lo lograban. Éramos grandes amigos, sin ninguna duda.

Sebastián era un obsesivo de los deportes. No le interesaba nada más. Interactuaba poco cuando hablábamos de otra cosa y siempre quería desviar las conversaciones hacia lo que era, podemos decir, su manía.

Mario, era fanático de los autos, no había marca ni modelo que desconociera. Siempre al día con las novedades, trataba constantemente de llevarnos hacia su mundo. Un poco más flexible que Sebastián, opinaba más de otros temas aunque no lo motivaran demasiado.

A mí, no había algo en particular que me apasionara. Siempre me interesé en todos los temas, sin prioridades. Para que se den una idea, siempre me gustaron los juegos de preguntas y respuestas de cultura general; y leer mucho y variado. Era el que siempre mediaba en las discusiones que teníamos. Con mucho énfasis al principio, pero cuando la charla se extendía siempre sobre lo mismo, me iba apagando lentamente hasta quedarme callado. Las discusiones más fuertes se daban entre Sebastián y Javier. A las trompadas llegaron a resolver algunas cuestiones más de una vez.

Javier, el más obsesivo de todos, era apasionado por la medicina y la psicología. Su tema predilecto eran los sueños. Los contaba y los anotaba. Tenía varios cuadernos escritos con sus sueños. Según él, el sueño es una realidad paralela a la de estar despierto, siendo los dos estados similares.

Cuando éramos jóvenes, por distintas razones nunca podíamos ir los cuatro juntos de vacaciones. Siempre alguno, culpa de sus obsesiones, alegaba que no podía ir. Por un torneo. Por un congreso. Porque se compró un auto y no tenía dinero.

Un solo año logramos salir juntos. Fue en el verano de 1994. Como habíamos logrado congeniar, decidimos que el lugar debía ser diferente. Un lugar donde ninguno haya ido antes y distinto al circuito tradicional de los jóvenes de aquella época. Luego de mucho barajar, decidimos que nuestro destino sería Viña del Mar, en Chile.

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Luego de un largo viaje y de andar con bolsos y mochilas, conseguimos un departamento fantástico sobre la avenida Perú, al menos eso era para nosotros en aquel momento. Estaba muy bien equipado: dos dormitorios, televisión, minicomponente y lo mejor: una fabulosa vista al mar. Sin duda la atracción más bella de Viña, una panorámica de la gran bahía, con Valparaíso de un lado y Reñaca del otro.

Una noche, luego de unas cuantas cervezas y de idas y venidas en las charlas, Javier reveló que estaba creando una máquina para “coleccionar sueños”. Nos dio una amplia explicación técnica, horas enteras pasamos esa noche escuchándolo para tratar de entender el mecanismo.

Siempre pensé que ninguno de los tres había llegado a comprender bien el funcionamiento, es más, concluimos que la bebida nunca le caía muy bien y que nos quería cooptar en sus locas obsesiones. Sin embargo, nos dejó en el fondo un atisbo de que algo podría llegar a ser verdad. Ya de madrugada, decidimos salir a dar una vuelta por el muelle Vergara para bajar un poco el alcohol y de paso ver como estaba la movida aquella noche.

La convivencia de varios días nos reveló muchas cosas sobre nuestras personalidades que no conocíamos antes.

A la mañana siguiente Javier insistió y siguió contando su invento. Para decirlo de manera más o menos sencilla, la máquina coleccionista de sueños consistiría en un DVR de gran capacidad de almacenamiento que combinado con un aparato de rayos con tecnología similar a un tomógrafo, podía registrar la actividad cerebral. O algo así.

Captando sueños

La cuestión era que él lo estaba instalando en su casa. A nadie se lo había develado. Solo lo hizo con nosotros aquella vez en Chile, en un ámbito donde todos liberábamos nuestras pasiones. En definitiva, decía que estaba por terminar de desarrollar un sistema capaz de registrar la actividad mental en un alto nivel, incluidos los sueños.

Él insistía en que iba a poder ver el mundo onírico y dejarlo registrado, es más, lo igualaba con el mundo real, situándolos a ambos en un mismo plano. No distinguía entre estar despierto y soñar, –son dos mundos paralelos, pero interconectados en cierto punto– enfatizaba. Más difícil que registrar los sueños, según él, es desde los sueños registrar lo que llamamos “realidad”. Este mecanismo permitiría grabar y proyectar las imágenes que se generan en la cabeza cuando uno duerme.

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Aquel verano pasó. Luego, la vida nos llevó por diferentes caminos. Sebastián y Mario se fueron a vivir a Estados Unidos, uno a Minneapolis y el otro cerca de Tallahassee. Javier consiguió un buen trabajo en San Martín de los Andes y se radicó allá.

Pasamos muchos años sin vernos. Solo mantuvimos esporádicamente algún saludo o incluso alguna llamada perdida.

Si bien siempre lo tomábamos a Javier como alguien muy particular, con una personalidad muchas veces bipolar, nunca olvidé ese invento del que habló aquella vez. Él llamaba dimensión Minder a lo que conocemos como “estar despierto” y dimensión Slumber a lo que llamamos “soñar”. Con esto descarta de plano la existencia de los sueños lúdicos, desechando está teoría: “cuando una persona supone que puede intervenir en los sueños, en concreto es que no ha cambiado de estado. No ha alcanzado el llamado sueño profundo, lo que está manipulando es un estado previo, esta adormecido en la oscuridad de la noche. Todavía el inconsciente no está actuando, la persona no se encuentra aún en Slumber ”.

Decía que las dimensiones son independientes entre sí, que están de alguna manera interconectadas, pero que no se sabe bien como es el funcionamiento de esa relación entre ambas.

Hace poco lo llamé y le conté que iba a ir unos días a San Martín a pasar unas pequeñas vacaciones con mi señora. Se alegró mucho y enseguida me dijo: venite a mi casa, se quedan acá que tenemos lugar, además tengo algo que mostrarte. Habían pasado veinte años de aquellas vacaciones.

Llegamos con Clara una tarde, era primavera. Javier nos fue a buscar al aeropuerto. Emprendimos el camino hacia su casa entre risas y anécdotas de nuestra juventud. El aire estaba fresco y el sol brillaba sobre el lago azul profundo. Él vivía en una casa sobre la ladera del cerro Chapelco hacía ya varios años.

Al llegar, nos acomodamos en un cuarto que nos había preparado junto con Cintia, su novia. En seguida salimos a dar una caminata por los alrededores del lugar, antes que oscureciese. Era un sitio maravilloso, rodeado de bosques y una fabulosa vista al lago Lacar.

Volvimos pensando y planificando la cena de esa noche. Nos decidimos por preparar una picada con ahumados y productos autóctonos.

La comida resultó muy amena y descontracturada, Clara y Cintia no se conocían pero congeniaron muy bien de movida. En determinado momento y luego de tomar un café, Javier me dice en voz baja: vení que te muestro.

Me llevó afuera, había una especie de pequeña cabaña apartada unos veinte metros de la casa. Ahí adentro se veían dos ambientes. Un paño fijo permitía observar un cuarto desde el otro, como en los estudios de grabación. Uno, el de la izquierda, estaba lleno de computadoras, racks informáticos y todo tipo de aparatos tecnológicos. El otro, era una especie de micro cine. Tenía una pantalla curva de última generación, sillones de cuero negro y parlantes que supuse tendrían sonido envolvente por su aspecto.

– Este es mi lugar. Acá es donde las dimensiones Minder y Slumber se funden entre sí.

– No me des explicaciones técnicas –le dije enseguida– Mostrame ya los resultados. – Siempre hablábamos de esa manera, con respuestas directas y sin rodeos.

– Esperá, no seas ansioso. Vos sentate y ponete cómodo. –Me tiró de golpe mientras se iba a la otra habitación.

Estuvo tocando o configurando algunas cosas en las computadoras. Al rato, se sentó al lado mío y empezaron a proyectarse imágenes nuestras, en la que aparecíamos nosotros dos, también Mario y Sebastián.

No podía recordar nada de lo que me estaba mostrando.

– Pero… a esos lugares ¿Cuándo fuimos? No me acuerdo nada. –Le dije lentamente mientras no despegaba los ojos de esa pantalla futurista.

– Ésta, es la dimensión Slumber, mal llamada sueños. Por eso no te acordas. Ahora nosotros estamos en la Minder, hablando y mirando este televisor. Mirá, ahí es cuando fuimos todos a Florianópolis, los cuatro juntos. Maravilloso ¿no?

– No entiendo nada de nada loco. –Le dije, nuevamente sin poder despegar los ojos de las imágenes.

– Se los expliqué esa vez en Chile. Tengo casi todo registrado lo que hicimos. En ambas dimensiones, porque también acordate que siempre estaba filmando todos nuestros movimientos. – Me decía como con una sonrisa lenta y aspecto triunfal.

Lo difícil –continuó– es entender una dimensión mirándola desde la otra. Hace de cuenta como que cuando estas en una, “dormís” en la otra. Por ejemplo –seguía diciendo con un entusiasmo ya conocido en él– ahora estas dormido en la Slumber y despierto en la Minder. Pero como logré registrarlo podemos verlo ahora.

Todo me dejo bastante confundido, pero asombrado a la vez. Estaba viendo cosas que para mí no habían sucedido nunca. Pero eran tan claras y nítidas las imágenes, que no podían ser irreales.

Luego de tratar de asentar y digerir todo lo que había estado viendo, volvimos al comedor donde seguían las chicas hablando muy entusiasmadamente. Nos acoplamos a ellas y luego de un rato nos fuimos a dormir a la habitación.

Me sentía tan exhausto y sorprendido que preferí contarle todo a Clara al otro día. No sabía cómo empezar en ese momento, pensé procesarlo un poco más antes de hablarlo con ella.

Nos acostamos, estábamos también muy cansados por el viaje. Nos dormimos enseguida, creo.

Hacía mucho que no recordaba mis sueños. Aquella noche, soñé con el viaje a Chile, el único que creí que habíamos hecho todos juntos.

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