Luz negra

Los olores y las texturas fueron mis conectores con el mundo. Mis padres siempre repetían lo mismo, con intención de consolarme, supongo: algunos no pueden caminar, otros escuchar, cada uno trae consigo algún inconveniente, alguna característica diferente y hay que saber convivir con ello.

Había nacido sin poder ver, no se sabía cuál era la causa de mi ceguera. Ellos enfatizaban que de todos modos era afortunado, al haber nacido en el seno de una familia que iba a protegerme de todo peligro exterior.

A medida que fui creciendo, comencé a recibir evasivas y siempre las mismas respuestas a mis preguntas. ¿Por qué no podía salir como lo hacían ellos?. Siempre decían que era para cuidarme, que afuera el mundo era muy hostil, que debido a mi problema ahí adentro estaba protegido.

Lo cierto es que casi nunca salía de mi habitación. Recuerdo una sola vez: una noche, luego de cenar me llevaron a lo que sería el comedor de la casa; había sido para brindar que mi padre había conseguido un ascenso en su trabajo. Nunca entendí lo grandioso de aquel acontecimiento. Lo cierto es que enseguida me devolvieron a mi cuarto, argumentando que era muy tarde.

Los domingos solían ser los únicos momentos distintos en mi vida. Venían mis abuelos a visitarme. Siempre me traían algún regalo, algo que despertaba mis otros sentidos, dormidos pero agudizados. Chocolates, perfumes, solían ser mis favoritos. Pero el mejor regalo era la música: por ahí se me filtró el mundo sin que se diesen cuenta.

Comenzaba a sentir lentamente una sensación de asfixia en aquel lugar. Mis intentos, sin éxito, por convencer a mis padres de que me dejen salir, hacían crecer en mi una sensación de ahogo a medida que pasaban los días.

Nunca voy a olvidar el día en que por error me regalaron el CD Rock’n Roll de John Lennon. Estaba entre otros cd’s de música clásica que solían traerme. Fue mi despertar al mundo. Algo sacudió mi cabeza. Sonó y resonó miles de veces, en mi pequeño equipo, el tema Stand by me. Tenía que salir de ahí, por más riesgoso que fuese.

Cuando llegue la noche

y se oscurezca la tierra

y la luna sea la única luz que veamos

mientras estés conmigo

Mi cumpleaños de veinte fue distinto. La oscuridad me decía, esta vez, que algo no funcionaba. Entraban, me saludaban, se iban, abrían y cerraban. Entonces intenté irme. Decidido, tanteé buscando la salida. La puerta estaba trabada, el picaporte circular ni siquiera cedió. Intenté con la ventana y también fue inútil; no tenía ni la manija para poder abrir.

Esa misma noche se desató una fuerte tormenta. Lluvia y viento golpeaban el techo de chapa y los postigos de la ventana. Fuertes ruidos azotaban las paredes, como si una energía superior quisiese llevarme junto con mi habitación.

Un estruendo sucumbió encima mío. Ahí fue cuando por fin se levantó mi sospecha de hacía un tiempo. Mis ojos distinguieron por primera vez destellos de luz. Luces blancas seguidas de truenos. La ventana había cedido y los relámpagos invadían mi interior.

A las horas, la luz diáfana y los colores, antes imaginarios, llenaron mi vida. Ví mi cuarto. Vi mis cosas. La ventana. La puerta. Descubrí el engaño; habían quedado al descubierto.

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