Empezar de nuevo

Aquella mañana sería diferente, nueva. Había preparado un bolso pequeño, con lo indispensable.

No me despedí de nadie, ni siquiera de Clara, hacía tiempo que las cosas no estaban muy bien. Me movía como un autómata, estaba aletargado, entumecido, como si supiese lo que tenía que hacer de manera inconsciente. Como si hubiese soñado lo que estaba pasando.

Subí al ómnibus que me dejaría unas horas después en el aeropuerto.

Mientras esperaba mi vuelo, veía que la gente iba y venía trayendo y llevando bolsas y paquetes: consumía para hacer llevadera la espera. El vuelo estaba demorado: saldría con suerte en unas tres horas más, quizás cuatro.

Me acomodé en un rincón frente a un ventanal con mis auriculares y un libro. Los ojos me pesaban. Intentaba leer, pero los parpados se me cerraban, hasta que sin darme cuenta quedé dormido.

De pronto, en el sueño, me encontré subido a un tren que cruzaba el desierto a toda velocidad. Surcaba una inmensidad infinita, parecía tierra de Zares y Soviets, tal vez los libros de Dostoievski o Tolstoi me habían depositado por allí, quien sabe. Estaba ubicado en un camarote diminuto, acompañado por dos personajes de origen chino, con los cuales en un comienzo no lograba hacerme entender. Luego de unas largas horas y en un italiano rudimentario pudimos mínimamente comunicarnos. Parecería que la formación se dirigía hacia Harbin, en el norte de China. Tuve que hacer un gran esfuerzo para intentar comprender la situación, el lugar y porque me encontraba ahí.

Un desperfecto en el tren nos obligó a hacer una larga parada en Irkutsk. Aproveché para dar una vuelta y perderme por las calles de aquella ciudad Siberiana. La nieve había invadido las aceras y el hielo petrificado los ríos. Como mi calzado no era el adecuado, al bajar junto a un puente para poder tomar unas fotografías, resbalé y pegué fuertemente con la cabeza contra el hormigón que contenía el río.

Al abrir los ojos, dos personas vestidos con túnicas blancas querían reanimarme, intentaban darme de beber y comer. Mi confusión era cada vez mayor: me encontraba dentro de un templo con altas cúpulas de vivos colores, me hacían recordar los cuentos de “Las mil y una noches”.

Como estaba convaleciente me llevaron a una casona amplia, llena de cuartos y recovecos, por donde pasaban mujeres, niños y personas ancianas. Se respiraba un aire sereno, relajado, la gente me sonreía, pensé que quizá era esa la oportunidad para comenzar de nuevo, en un lugar distinto. Por una ventana un rayo de luz apuntaba a mi cara.

La luz era muy fuerte. Parecía el sol del mediodía que asomaba por aquel ventanal y se dirigía directo a mis pupilas. Una voz fuerte y firme me gritaba, levántate Blas, levántate, perdiste tu vuelo. Era  Clara que me había seguido hasta el aeropuerto.

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