
Capítulo 1 – Escape a un mundo imaginario
Quería que se muera. Más que un sentimiento, era una necesidad. Verlo me despertaba odio. Su cara, su voz, su piel; me daban asco. Aquel accidente fue el comienzo de mi vida. Como si un largo día gris hubiese terminado, y un brillante sol, haya empezado a templar el frío que aquel hijo de puta había sembrado sobre mi cuerpo.
Nací, puedo decir, a los nueve años de edad, cuando Eugenio Peñaflor murió.
Después de haber almorzado en Cafayate con algunos intendentes de la provincia, Eugenio, o Geni como solían decirle, se subió a su BMW y partió de vuelta hacia la capital de la provincia. Como era su costumbre había tomado demasiado. Luego de hacer unos cuarenta kilómetros, se durmió, el auto cambió de andarivel y un camión que transportaba botellas vacías lo embistió de frente.
Recuerdo cuando sonó el teléfono, el silencio de mi madre con el tubo en el oído se prolongó en el tiempo. Ni una sola lágrima vi caer de sus ojos. Me agarró de la mano y salimos hacia el hospital Santa Clara de Asís. Recuerdo el calor infernal de aquel día, las calles estaban despobladas, era el mes de diciembre del año 1993.
Al llegar nos informaron que iban a operarlo, tenía muchos huesos rotos, un orificio en un pulmón y un golpe en la cabeza que le produjo una fuerte hemorragia interna. Antes de que lo intervengan, nos dejaron pasar para que lo veamos. Se encontraba postrado, lleno de cables y caños conectados a unas máquinas que estaban al costado de la cama. Tengo imágenes de esa maraña que lo envolvía y el recuerdo intacto de desearle la muerte.
Mi madre trabajaba para la única empresa de ambulancias que había en la provincia, era supervisora de un call center dedicado a analizar y luego derivar diferentes llamados. Algunas veces tenía que quedarse en el turno noche. Esas noches, eran el infierno para mí.
Eugenio, las primeras veces, me proponía juegos en los que terminábamos los dos completamente desnudos. Ahí me acariciaba y me tocaba. Calculo que tendría unos cuatro o cinco años. Al principio, recuerdo que esos juegos me gustaban, pero cuando fui creciendo dejaron de hacerlo y como empecé a negarme, se enloquecía y abusaba de mí a la fuerza. Me amenazaba de las maneras más crueles para que no le contara luego a mi madre. Llegó hasta decir que me clavaría una aguja de tejer por el ojo si abría la boca.
Los años pasaron. En la escuela estaba cada vez más recluido, no quería hablar con nadie, tenía miedo que se dieran cuenta lo que me pasaba. En los recreos me instalaba en la biblioteca y leía sin parar. Los libros fueron mi gran refugio, mi escape a un mundo imaginario.