Capítulo 2 – Volver a nacer
Si bien hacía tiempo que venía transitando la militancia, desde que conseguí trabajar en el Senado las cosas comenzaron a avanzar de manera más vertiginosa. Me encantaba el juego de la política. Las reuniones, las cenas interminables donde se intercambiaban ideas, pero sobre todo, las estrategias.
Volví por primera vez a Salta un año en el mes de marzo, la idea era tomarme unas vacaciones, pero nunca podía alejarme del todo de mi obsesión. Mi vida era la política, todo estaba unificado, nada se encontraba separado dentro de mí. Comer era política, viajar era política, el sexo, también era política.
Estando en el hotel me llegó la invitación para una entrevista de un periódico local. No pude decir que no. La periodista, de nombre Carmela, muy conocida en Salta por su tenacidad de narrativa simple pero con temáticas profundas, me consultó si no tenía problema en hacer la entrevista en su casa. Dije que sí, dado que siempre estaba deseoso de conocer gente y entablar nuevas relaciones.
Me fueron a buscar al hotel en un remis. La casa estaba ubicada en un barrio muy prolijo en las afueras de la ciudad. Era un chalet con pinceladas de modernidad, algo contradictorio. Al entrar, un amplio living con un par de escalones nos esperaban. Carmela fue muy amable, pero no se cuidó nada de hacer preguntas punzantes. Indagó en mi historia familiar, acerca de cómo había hecho para tener esta corta pero veloz carrera, dentro del complejo mundo de la política argentina. Por supuesto, también quiso indagar en mi vida particular: “esto es mi vida Carmela, todo gira entorno a la política, para y por ello vivo”. Fue mi respuesta tajante y sin lugar a repreguntas.
Cuando estábamos por finalizar apareció Alfonso Cervantes, su esposo, el gobernador de la provincia. Inconscientemente yo estaba esperando a que él llegase. Lo saludé como correspondía.
Por más que perteneciéramos a distintos partidos políticos, Cervantes siempre había tenido muy buen trato conmigo y con todo mi equipo, allá, en Buenos Aires.
Cuando estaba dispuesto a despedirme fue Alfonso quien dijo: “Carmela, Vicente se queda a cenar”.
Enseguida me negué, pero ante la primera insistencia dije que sí: “si hubiera sabido, habría venido con un vino bajo el brazo”, dije, como para disimular una vergüenza inexistente en mi personalidad.
Todo aportaba para mi carrera, cada almuerzo, cada cena, cada encuentro tenía que tener para mí un fruto, una tajada. La suma cotidiana de esos momentos haría que me acercase a mi primer objetivo como político: ser Diputado Nacional.
Pero esta vez fue diferente. Mi vida, hasta ahora compacta, en un solo sentido, se bifurcó.
La comida la había hecho la empleada de la casa, unos exquisitos tamales salteños. Alfonso intentó convencerme de que si bien los había hecho Berta, la receta era suya, que antes solía prepararlos bastante seguido, pero ahora con la falta de tiempo le había pasado la posta a la señora que trabajaba hacía muchos años en su casa. El vino, un torrontés típico y añejado.
La charla fue por momentos muy entretenida, la pareja era culta, pero tenía solapado un doble estándar: se mostraban católicos, pero en privado dudaban de la existencia de Dios; predicaban en público estar en contra del aborto, pero en la intimidad sabían que la única manera de terminar con las muertes de tantas mujeres, era legalizarlo. Me quedó muy grabada una frase de Alfonso, que Carmela asintió con la cabeza: “de la suma de las acciones de todos nosotros, depende la calidad de vida de muchas personas”.
Luego del postre, Carmela se excusó, dijo que tenía que dormir algunas horas, ya que por la mañana la esperaban muchas obligaciones.
Alfonso me sirvió un whisky, lo fuimos a tomar al living. Pero en ese momento, él cambió. Más distendido comenzó a contar algunas historías de su adolescencia que ahora no puedo recordar. Luego desentramó confesiones muy íntimas. Le echó gran culpa a la vida política. Me dijo que no estaba enamorado de Carmela, que su vínculo era una costumbre, que hacía tiempo había resignado sus deseos personales.
“Vicente, no dejes de perseguir tus anhelos, peleá por ellos. Por más que te suene a cliché. Uno tiene que destrabar los obstáculos que le va presentando la vida y tomar las mejores decisiones. Hacelo ahora que sos joven, esas decisiones van a ser trascendentales en tu futuro. Después tu vida va a consistir en disfrutar o padecer esas decisiones que tomes hoy”.
Me agradaba la forma en que me hablaba, su tono pausado y seguro, su mirada firme pero deleitable a la vez. Sus ideas reveladoras lograron sacarme de mi punto fijo. En ese instante pude visualizarme hacia adelante de otra manera. Tenía que complementar mi vida, vacía, con algo distinto. Alfonso, en cierta forma, estaba despertando mi lado dormido.
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